viernes, 26 de noviembre de 2010

Las pequeñas cosas y la potencialidad que hay en ellas: una reflexión de Adviento.

Vivimos en un mundo en el que lo “más grande” y “lo mejor” definen la
mayoría de nuestras expectativas ante la vida. Estamos tan enamorados del
maxi tamaño, de las súper estrellas y de la alta definición que tendemos a ver
la vida a través de estas lentes que magnifican lo que esperamos del mundo yno nos permiten ver la potencialidad que hay en las pequeñas cosas. Pero
como nos lo recuerda el profeta Zacarías (Za 4,10), no debemos despreciar “el
día de los modestos comienzos”, porque Dios hace algunas de sus mejores
obras con comienzos modestos y en situaciones imposibles.
Releer el Antiguo Testamento y ver cuán débiles e imperfectos fueron
realmente sus “héroes” es una experiencia que lleva verdaderamente a la
humildad. Abraham, el cobarde que no puede creer en la promesa. Jacob, el
tramposo que lucha con todos. José, el inmaduro y arrogante adolescente.
Moisés, el impaciente asesino que no puede esperar a Dios. Gedeón, el
cobarde adorador de Baal. Sansón, el borracho mujeriego. David, el adúltero
que abusa del poder. Salomón, el sabio insensato. Ezequías, el rey reformador
que no pudo ir demasiado lejos. Y finalmente, una joven muchacha judía de un
pequeño pueblo en un rincón remoto de un gran imperio.
No deja nunca de asombrarme el hecho de que Dios comience a menudo sus
obras con pequeñas cosas y con personas inadecuadas. Ciertamente parece
que Dios podría haber elegido cosas “más grandes” y personas “mejores” para
realizar su obra en el mundo. Y sin embargo si Dios puede servirse de ellas y
revelarse a sí mismo a través de ellas de modos tan maravillosos, significa que
él podría servirse de mí, así como soy, inadecuado, insensato, y a menudo con
poca fe. Y esto significa que tengo que prestar atención para no poner límites
(con mi autosuficiencia) a lo que Dios puede hacer con las más pequeñas
cosas, las personas que parecen más incapaces y en las circunstancias más
desesperantes. Pienso que esto es parte de la maravilla del tiempo del
Adviento.
Estoy convencido de que una de las principales finalidades de la encarnación
de Jesús fue la de traer la esperanza. Mientras en la actualidad la mayoría de
las personas prefieren hablar de la muerte de Jesús y la expiación de los
pecados, la Iglesia primitiva celebraba la Resurrección y la esperanza que ésta
encarnaba. A lo largo de todo el Antiguo Testamento resuena la proclamación
de una verdad: que los finales no son siempre finales sino que son
oportunidades para que Dios ofrezca nuevos comienzos. La resurrección
proclama esa verdad aún sobre aquello que da más miedo a la humanidad, la
muerte misma.
Los dos tiempos litúrgicos del Adviento y de la Cuaresma hablan de la
esperanza. No se trata sólo de una esperanza de un día mejor o de la
esperanza de que haya menos dolor y sufrimiento, aunque esto sea
ciertamente una parte importante de ella. Se trata más bien de la esperanza de que la existencia humana tenga un significado y se abra a posibilidades que
vayan más allá de nuestras experiencias actuales, la esperanza de que los
límites de nuestras vidas no sean tan estrechos como parecen serlo. No se
trata de que tengamos esta posibilidad en nosotros mismos, sino que Dios es el
Dios de las cosas nuevas y así todas las cosas son posibles (Is 42, 9; Mt 19, 26;
Mc 14,36).
El pueblo de Dios de los primeros siglos quería que él viniese y cambiara las
circunstancias opresivas en las que se encontraba, y se enfadaba cuando
aquellas circunstancias inmediatas no cambiaban. Pero ésta es una visión muy
corta de la naturaleza de la esperanza. No podemos poner nuestra esperanza
en las circunstancias, por malas que nos parezcan o por importantes que sean
para nosotros. La realidad de la existencia humana, contra la que lucha el libro
de Job, es que el pueblo de Dios experimenta la existencia física del mismo
modo que los otros. Los cristianos enferman y mueren, los cristianos son
víctimas de delitos violentos. Los cristianos son heridos y asesinados en
accidentes de tráfico, bombardeos, en las guerras y, en ciertas partes del
mundo, mueren a causa del hambre.Si ponemos nuestra esperanza sólo en nuestras circunstancias, si las
consideramos buenas o como queremos que sean para que ser felices, nos
sentiremos siempre decepcionados. Por eso no ponemos nuestra esperanza en
las circunstancias sino en Dios. A lo largo de 4000 años Él se ha ido revelando
continuamente a sí mismo como un Dios de la novedad, de la posibilidad, de la
redención, de la recuperación o transformación de dicha posibilidad desde lo
que parece un final hacia lo que va más allá de cuanto podemos pensar o
imaginar (Ef. 3,2). El mejor ejemplo de esto es la crucifixión misma, después de
la cual viene la resurrección. Esa sombra de la cruz se posa aún sobre el
pesebre.
Sí, todo comienza con la esperanza de que Dios vendrá y la certeza de que
viene nuevamente a nuestro mundo para revelarse a sí mismo como Dios de
novedad, de posibilidad, un Dios de cosas nuevas. En este tiempo del año
contemplamos esa esperanza que toma cuerpo, que se hace carne, en un niño
recién nacido, el ejemplo perfecto de la novedad, de lo que es potencial, de lo
que es posible. Durante el Adviento, gemimos y anhelamos esa novedad con la
esperanza, la expectación, la auténtica fe de que Dios será fiel una vez más.
Fiel para mirar hacia nuestras circunstancias, para escuchar nuestros gritos,
para conocer nuestro anhelo de un mundo mejor y de vida plena (Ex 3,7). ¡Y
esperamos que como vino la primera vez como un niño, así venga nuevamente
como Rey!
Mi experiencia me dice que aquellos que han sufrido y aún así siguen
esperando, tienen una mayor comprensión de Dios y de la vida que los que no
han tenido esta experiencia. Quizás la esperanza significa esto: un camino para
vivir, no sólo para sobrevivir, sino para vivir en medio de todos los problemas
de la vida con una fe que sigue viendo posibilidades aún cuando ya no hay
ninguna prueba para seguir esperando, sólo porque Dios es Dios. En esto
consiste también la maravilla del Adviento.

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